La política sonorense atraviesa por uno de sus episodios más bochornosos. El fracaso de la reforma judicial no fue casualidad ni producto de la incompetencia aislada: fue el resultado de una maniobra orquestada desde las sombras, donde el Secretario de Educación, Froylán Gámez Gamboa, fungió como títere de intereses ajenos al proyecto gubernamental.
Resulta irónico que quien debería formar a las futuras generaciones en valores como la lealtad y la honestidad, haya decidido operar bajo el “acordeón de la traición”. Pero más preocupante aún es descubrir que detrás de sus decisiones erráticas se encuentra una figura que ya había demostrado su falta de escrúpulos: Rodolfo Castro Valdez.
Castro Valdez no es precisamente un desconocido en el ámbito de los escándalos administrativos. Su renuncia en octubre de 2022 como Jefe de Oficina del Gobierno de Sonora no fue producto de diferencias ideológicas, sino la consecuencia inevitable de ser vinculado a proceso por peculado y uso indebido de atribuciones en el caso de la planta fotovoltaica durante su paso por la administración de Jaime Bonilla en Baja California.
Que un funcionario con semejante prontuario tenga la capacidad de “susurrar consejos” al oído del Secretario de Educación no solo evidencia la fragilidad del carácter de Gámez Gamboa, sino que pone en entredicho todo el sistema de controles y contrapesos que debería existir en el gabinete estatal.
El análisis de las redes sociales del secretario revela otro aspecto igual de preocupante: la soberbia alimentada por apariciones mediáticas menores. Que el contenido digital de un secretario tenga “más fuerza en producción e impactos que la del propio gobernador” no habla de eficiencia comunicativa, sino de una ambición desmedida que nubla el juicio y facilita la manipulación externa.
Es patético observar cómo alguien puede “marearse” por aparecer aunque sea en penúltimo lugar en las encuestas. Esta sed de protagonismo no solo es impropia de un servidor público, sino que lo convierte en presa fácil para operadores como Castro Valdez, quien evidentemente supo identificar y explotar esta debilidad.
El daño trasciende lo personal o lo político inmediato. Cuando el responsable de la educación estatal actúa movido por intereses externos y ambiciones personales, se erosiona la confianza ciudadana en las instituciones. Los sonorenses merecen funcionarios comprometidos con el proyecto de gobierno que los llevó al poder, no operadores encubiertos que sabotean desde adentro.
La relación Gámez-Castro representa todo lo que está mal en la política contemporánea: la falta de principios, la traición institucional y el uso de cargos públicos para satisfacer egos y venganzas personales. Es hora de que el gobernador tome cartas en el asunto antes de que el daño sea irreparable.
Sonora no puede permitirse tener en puestos clave a quienes anteponen sus intereses personales al bienestar colectivo. La lealtad no es un valor negociable en el servicio público, y quienes no lo entiendan así deben buscar otros horizontes donde ejercer sus ambiciones.