Por Redacción | Baja California, 10 de abril de 2026.
La salida de Monserrat Caballero Ramírez de Morena no solo abrió un frente interno: también dejó al descubierto un vacío de liderazgo que hoy pesa más que cualquier declaración.
Mientras figuras como Alejandro Ruiz Uribe han salido a pedir mesura y reflexión, la dirigencia estatal del partido ha optado por el silencio. Ni Catalino Zavala, vocero de Morena en Baja California, ni Rosina del Villar, presidenta del partido en la entidad, han fijado una postura clara ante una de las decisiones más delicadas que enfrenta el movimiento en los últimos años.
El contraste es inevitable. Por un lado, una figura fundadora como Caballero, que denuncia que el partido “dejó de ser lo que prometía”; por el otro, una estructura dirigente que, frente a la crítica, parece ausente.
El discurso de unidad, constante en Morena, hoy enfrenta su mayor prueba en lo local y la ausencia de posicionamientos no ayuda a sostenerlo. Porque cuando no hay claridad, lo que crece es la percepción de fractura.
Más aún, el silencio no es neutral. En política, callar en momentos críticos suele interpretarse como incapacidad de conducción o falta de acuerdos internos y en este caso, ambas lecturas resultan costosas para un partido que ha construido su narrativa sobre la cohesión y el proyecto colectivo.
La salida de Caballero no es un hecho aislado. Es un síntoma. Pero lo que hoy comienza a preocupar no es solo la fractura, sino la forma en que la dirigencia decide enfrentarla: sin voz, sin rumbo visible y sin una estrategia que logre contener el desgaste.
Si la unidad es prioridad, como se ha reiterado en múltiples ocasiones, el momento de ejercer liderazgo es ahora. Porque en política, los vacíos no se quedan vacíos: se llenan de incertidumbre y en Morena Baja California, esa incertidumbre ya empieza a cobrar factura.