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Redacción
Por Redacción | California, a 5 de marzo de 2026.
Las estafas digitales ya no necesitan complejas redes de hackers ni sofisticados programas informáticos. Hoy basta una llamada telefónica, un discurso convincente y el nombre de un banco reconocido para intentar engañar a cualquier usuario.
Ese es el nuevo rostro del fraude financiero que crece en Estados Unidos y que utiliza el nombre de instituciones bancarias como Chase Bank para montar engaños cuidadosamente planeados.
Todo comienza con una llamada que parece rutinaria.
“Por favor, espere, lo paso con mi supervisor”.
La frase, común dentro de cualquier centro de atención bancaria, se ha convertido en una pieza clave dentro del guion que estafadores utilizan para manipular a sus víctimas y presionarlas a actuar con rapidez.
Un reciente intento de fraude telefónico muestra cómo delincuentes utilizan el nombre de Chase para alertar sobre supuestos movimientos sospechosos en cuentas bancarias.
Del otro lado de la línea, el interlocutor asegura hablar desde el banco y menciona transferencias realizadas mediante Zelle, la plataforma de pagos electrónicos que permite enviar dinero desde el teléfono móvil en cuestión de segundos.
En el caso relatado, el supuesto operador advertía que desde la cuenta se habían realizado transferencias por 2 mil 100 dólares hacia Texas, por lo que era necesario actuar de inmediato para evitar que el dinero desapareciera.
El escenario parecía cuidadosamente construido.
El operador incluso pidió verificar en internet el número telefónico de la sucursal de Chase ubicada en Times Square, Nueva York.
El número coincidía con el que aparecía en la pantalla del teléfono, un detalle que reforzaba la sensación de estar hablando con una oficina legítima.
Luego vino el siguiente paso del guion: transferir la llamada con un supuesto supervisor.
Con tono firme y lenguaje técnico, el nuevo interlocutor explicó que el banco podía cancelar la operación si el cliente seguía una serie de pasos dentro de la aplicación de Zelle.
El procedimiento consistía en introducir el monto de la transferencia y un largo código de verificación.
Pero detrás de ese supuesto protocolo bancario se escondía el verdadero objetivo: que la víctima enviara el dinero directamente a los estafadores.
Este tipo de engaño forma parte de una modalidad de fraude que ha crecido desde la pandemia y que mezcla suplantación telefónica, manipulación psicológica e infraestructura de pagos digitales.
Las cifras reflejan la magnitud del problema.
De acuerdo con el Centro de Denuncias de Delitos en Internet del FBI, las pérdidas por fraude digital alcanzaron en 2024 una cifra récord de 16 mil 600 millones de dólares.
La suplantación de identidad y los engaños telefónicos continúan encabezando la lista de denuncias.
Especialistas en seguridad financiera explican que el éxito de estos esquemas radica en la presión que ejercen sobre las víctimas.
Primero se genera urgencia —un supuesto fraude en curso— y luego se ofrece una solución inmediata que obliga al usuario a actuar sin detenerse a cuestionar lo que está ocurriendo.
La intervención de un “supervisor”, los números de caso y los códigos técnicos forman parte de un guion diseñado para simular un procedimiento bancario real.
Para cuando muchos usuarios comienzan a sospechar, ya han seguido instrucciones que pueden terminar en la pérdida de su dinero.
Autoridades recomiendan una regla básica: si alguien afirma llamar de un banco para reportar movimientos sospechosos, lo más prudente es colgar y comunicarse directamente al número oficial de la institución financiera.
El crecimiento de estos fraudes refleja una realidad cada vez más inquietante dentro del sistema financiero digital: las estafas evolucionan, los delincuentes afinan sus métodos y los clientes quedan cada vez más expuestos a esquemas que, en cuestión de minutos, pueden convertir una llamada aparentemente rutinaria en el inicio de un fraude.